Oratoria y Declamación

Que se abran las puertas, que se formen nuevos ideales. No existe una forma de pensar única y universal, sino una enorme variedad de ellas.

La poesía es una de las pocas voces dignas de romper el silencio, puesto que no ha sido concebida para ser escrita y, posteriormente, leída en solitario. Al contrario, debe compartirse, extenderse, multiplicarse… El declamador debe comprender esto, y también que aunque el público puede ser enorme, debe de llegar la poesía a cada persona como si las palabras fueran susurradas al oído, con el ritmo del corazón. La mayor virtud humana es convertir algo efímero, pasajero, que cambia constantemente a lo largo de las generaciones como lo son las propias palabras, en algo sutil y bello, encarnando el significado de lo eterno…

Para aquellos que han elegido el camino de la Oratoria, el andar es muchas veces tortuoso y difícil. A pesar de que hablar es parte de nuestra vida cotidiana, no estamos acostumbrados a hablar frente a un público, y menos de aquello que se encuentra en nuestra mente. No es fácil expresar lo que se cree, porque siempre se teme al rechazo… Por lo tanto, un orador debe de estar acostumbrado a él, debe haberlo experimentado más de alguna vez. Porque sólo así es como se gana el valor; sólo así es cómo se forja el carácter. El Orador exitoso es, por añadidura, también la persona que ha fracasado más veces, porque el mayor aprendizaje es haber superado las adversidades y haber descubierto, en carne propia; las palabras adecuadas, la frase exacta, la manera correcta, para convertir un pensamiento en un mensaje, un mensaje en una acción inmediata; y esa acción, en un nuevo destino.

Muñoz Cota tenía como máximo epígrafe que, sin excepción alguna, el hombre es su palabra. Si la palabra es vulgar, el hombre también lo será. Si la palabra miente y tergiversa, en vez de transformar y construir; el hombre también será traicionero y mezquino. Lo mismo pasa con aquel que habla de manera orgullosa, como el que habla con miedo, como el que habla tartamudo. La palabra refleja, como fiel espejo, el alma de quien hace uso de ella. Por lo tanto, antes de comenzar su aventura, tanto el orador como el declamador deben de empezar una limpieza de su corazón. Hay que disciplinarlo, para que nuestro corazón se vuelva en un ejemplo, en un camino, en una idea y en una palabra digna de ser pronunciada. Si aún se posee soberbia, temor, resentimientos u odios; entonces jamás saldrá de nuestro corazón, de nuestro cerebro (y menos, por supuesto, de nuestra boca) palabra alguna que sea digno de ser recordado; porque solamente brotará el berrinche de aquel que muestra consuelo de su frustración, en la pena compartida…

Pero aquel que tenga limpio el corazón, brotará de su boca palabras que logren sembrar las nuevas semillas. Semillas del cambio. No se necesita odio, ni sentimiento negativo alguno para cambiar… Al contrario, se necesita esperanza, se necesita amor, se necesita fuerza, se necesita voluntad. La voluntad que nace a partir del odio, tiende a destruir a las personas y llevarlas a un rincón sin salida. La palabra que nace a partir del amor, será aquella palabra que forjará el futuro.

Cabe añadir, que sólo los verdaderos oradores, convierten esa palabra en verbo.

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